Durante la mayor parte de la historia de las fallas, los festeros no vestían de una manera distinta de los días normales. En lo que se refiere a las chicas, cuando el papel de las falleras mayores empezó a cobrar importancia, se fue configurando un tipo de vestimenta que supuestamente reflejaba los vestidos de gala de las huertanas.
Es fácil ver aquí el influjo de la Renaixença. Aquellos poetastros bienintencionados del XIX volvían a cultivar la lengua del país, ensalzando las supuestas virtudes de los labradores, y en especial, las de sus castas mujeres, objeto de los piropos más florales. Pienso ahora que una de las fallas más ruidosas y molestas en nuestro barrio se llama "Teodoro Llorente", tomando el nombre de una calle dedicada al considerado jefazo de aquellos poetas. El vate debe retorcerse en su tumba de la Sección Segunda del Cementerio General de Valencia al ver su nombre de pila con esa tercera "o" o al leer los llibrets de esa falla y de la mayoría. Es evidente que muchos autores de esas explicaciones sobre las escenas cómicas representadas en las fallas no tienen al valenciano como lengua habitual o han leído tan poco en esa lengua que sus rimas suenan pueriles y faltas de ingenio. Aunque sea un valenciano de niño pequeño, al menos siguen escritas en la hermosa lengua que se resiste a desaparecer de la ciudad, podría decir un bien pensante.
En lo que se refiere a la vestimenta masculina, en 1954, el Estado Mayor, es decir, la Junta Central Fallera decidió que sus cuadros y mandos debían vestir un traje inventado de "fallero". Este traje fue evolucionando hasta convertirse en los 70 en el uniforme que todos los de mi generación recordamos: pantalón, chaqueta y zapatos negros y camisa blanca. "Traje de cucaracha" lo llamaban. Algo tan valenciano como un oso polar o una pirámide maya.
La contradicción constante entre lo jerarquizado y lo espontáneo se mantuvo durante todo el franquismo y acabó estallando durante la transición. En cada aspecto de la fiesta, se daba una guerra cultural que reflejaba las contradicciones de aquella sociedad: en el estilo de los monumentos falleros, en sus temas, en la lengua utilizada en los distintos actos. Las cornetas y tambores militarizados frente a la dolçaina y el tabalet tradicionales. Muchas comisiones querían salirse del estilo barroco y repetido que era casi obligatorio en las fallas. Muchos comprendían que las iniciativas culturales que necesitaba la nueva época tenían que desarrollarse al abrigo del movimiento fallero. Y que era un error dejar todo ese espacio a los herederos del régimen. Lo institucional de las fallas era "coent", ese adjetivo tan valenciano que define lo hortero, lo cursi, lo rancio, lo demasiado ostentoso. Frente a ello, había que reconstruir lo popular, "el pensat i fet".
Una de aquellas comisiones rompedoras fue la Jacinto Benavente- Reina Doña Germana, organizada alrededor de Julio Tormo. Se le recuerda por una falla innovadora, coronada por el montruoso King-Kong del desarrollismo, el que quería convertir el cauce del río en una autopista o urbanizar el Saler. En sus pocos años de vida, esta falla abrió muchos caminos. Una de las señas de identidad de esta comisión fue la recuperación de la vestimenta tradicional masculina: los atuendos de torrentí o saragüell. Obviamente, lanzar aquel desafío en el contexto de la violenta Valencia de la transición no salía gratis: tuvieron que aguantar los predecibles insultos: "maricones, catalanistas, etc..." y las amenazas físicas de una derecha españolista envalentonada que consideraba a las fallas un negocio propio. La Junta Central Fallera inhabilitó a perpetuidad a aquel grupo de graciosos de buena familia. Hoy en día, esa indumentaria es la normal en todas las fiestas. Es decir, hasta ponerse unos calzones medievales puede ser una heroicidad que enciende la chispa que encenderá todas las fallas de la vieja ciudad del Turia.

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