Siempre me emociona releer el soneto de Borges dedicado a sus antepasados portugueses:
(...) Son Portugal, son la famosa gente
que forzó las murallas del oriente
y se dio al mar y al otro mar de arena.
Son el rey que en el místico desierto
se perdió y el que jura que no ha muerto.
Me gusta soñarme siendo el ciego de Buenos Aires. Saltando de una lectura a otra, pobre diletante, me imagino a mí mismo como al enorme autor de El Aleph. El gran argentino estudiaba islandés para entender las sagas nórdicas. Yo, más limitado, estudio euskera para entender a Benito Lertxundi. Mala cosa compararse con un gigante. Uno siente que su vida no ha producido nada útil, que se ha escapado de entre las manos como la arena de los desiertos y los relojes de Borges.
En la infancia, pasé muchas horas mirando las páginas de los veinte tomos de la Larousse que mis padres habían comprado con esfuerzo y paciencia. De una entrada a otra, sin prisa. Perdiendo el tiempo, perdiendo vista, gozando, perplejo ante todo lo que se podía aprender. Miraba las láminas en color. A veces, leía las entradas en orden. No me quería dejar nada. "I: novena letra del alfabeto español y la tercera vocal. Representa un sonido vocálico cerrado y palatal" "IA:..." No, del Dios de nuestra época, que Borges quiso imaginar en alguna pesadilla literaria, no decía nada aquella vieja enciclopedia en papel.
De esos viajes borgianos de la infancia, me quedó en el recuerdo, junto con muchas otras, la imagen del Monumento a los navegantes (Padrão dos Descobrimentos). En junio, tuve la suerte de visitar Lisboa con unos amigos y paseando por Belém, donde el desmesurado estuario del Tajo se estrecha para entrar en el océano, me lo encontré.
El monumento tiene la forma de una nave simbólica en dirección al Atlántico. Encabezados por Enrique el Navegante, en dos filas a estribor y a babor, aparecen representados 32 héroes, navegantes, descubridores, cartógrafos y matemáticos vinculados a los descobrimentos. Llama la atención que el santo navarro Francisco Javier también esté incluido en esa exaltación.
Portugal, el reino más occidental de Europa, protagonizó en aproximadamente 100 años, una de las mayores gestas de la historia de la humanidad: aprendió a navegar en el océano abierto. Llegó a las Azores en 1427 y a la Polinesia en 1525, después de haber establecido bases y colonias en las costas de África y Asia. Tal hazaña técnica y organizativa abrió el camino de los mares al resto de los europeos, empezando por los vecinos castellanos. Naciones enteras fueron aniquiladas o esclavizadas a través de la espada, la pólvora, la cruz, la cartografía y las bacterias euroasiáticas. El cristianismo, el capitalismo y las lenguas ibéricas se extendieron por el mundo, esa pequeña bola que los portugueses y los castellanos se repartieron oportunamente.
Como habrán adivinado, además de miope, soy iberista. Y le he dado más de una vuelta a la historia común de Portugal y de España (la actual, quiero decir). Especialmente a la época de las conquistas y el imperio ¿Cómo no asombrarse ante las gestas de aquellos barbudos? Hombres astutos y valientes, violadores y ladrones, que todavía leían libros de caballería mientras secuestraban esclavos y fundían dioses de oro para satisfacer la parte que les exigían los lejanos reyes europeos. ¿Qué papel deben jugar en la imagen contemporánea de nuestras naciones aquellas glorias sanguinarias y sorprendentes?
No sé responderme a mí mismo. Lo he intentado aquí y aquí, sin conseguirlo. Pero tengo que hacerlo. Porque los nuevos tiempos traen viejas banderas. Ya saben ustedes: Make Spain Great Again. Cuando veo la cruz de Borgoña en las manifestaciones fachas madrileñas, siento miedo. Los matones de gimnasio que la enarbolan no sabrán muy bien lo qué esa aspa significa; pero saben que en el nuevo reparto del poder que se anuncia desde el otro lado del océano, tendrán su puesto si van con muchas banderas.

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