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Amores y polvos.

Vimos consecutivamente dos películas sobre amor y sexo. Es decir, sobre el único tema del que se puede afirmar que es lo más importante en esta vida, sin miedo a hacer el ridículo. 


La primera fue una peli islandesa sobre un cuarentón gordo y calvo que aún vive con su madre y juega con soldaditos de plomo y la PlayStation. Se ha quedado en la primera adolescencia. La peli cuenta cómo va saliendo de ese agujero, que debe estar lleno de hombretones como él. El pobre es un pagafantas de ciento cincuenta kilos, que va aprendiendo sobre los demás y sobre las mujeres a cada paso, dubitativo, como un bondadoso pajarico caído del nido. El personaje es interesante y Gunnar Jónsson, que es grande como una montaña, lo borda. Pero la peli se hace lenta y pesadota. Supongo que les puede resultar tierna a algunas chicas. Yo salí del cine con una desagradable sensación de tristeza agarrada al alma, como cuando se te pega un olor molesto a la ropa de lana.


La segunda peli es el último estreno del prolífico Paco León. Pensábamos que íbamos a ver una comedia y más bien, vimos un ensayo personal sobre el folleteo. Se trata de varias historias entrecruzadas, donde los personajes se espabilan para romper las cadenas y lograr eso tan difícil de la plenitud sexual. O sea, que hay más achuchones que chistes. Así que la peli es prescindible, fácil, graciosilla y picantona. Y claro, nos gustó. La primavera es lo que tiene.

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