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El reino.

Veo a Carlos Mazón, balbuceando en la tele, mintiendo como un niño pequeño, y no puedo evitar que en mi cabeza suenen Los Cuates de Sinaloa, "Ese compa ya está muerto. No más no le han avisado". Para los que no vivan en la Valencia de Europa: el tal Mazón es un hombrecico que ha medrado toda su vida en uno de los partidos políticos del turnismo español y al que le tocó ser presidente de la región en 2023. Es decir, con el apoyo de los bárbaros, llegó a ser el máximo dirigente de un territorio de más de cinco millones de habitantes, un país que si fuera un estado independiente, estaría aproximadamente en el puesto número 50 del mundo por PIB. En su partido, ya han decidido que hay que matar a Mazón. Pero todavía no saben en qué estercolero tirar su cadáver para minimizar los daños. Y es que el problema es que los bárbaros que lo apoyaron, sobrevuelan como buitres húngaros, pacientes, esperando en la puerta del hermoso palacio gótico del Carrer de Cavallers del Cap i Casal, afilando los instrumentos de tortura, esperando para ajustar cuentas con el mundo.

Mazón no parecía una persona demasiado inteligente. Los que le rodeaban tampoco. Es lo que tiene nuestro sistema de partidos. Tampoco tenía una ideología muy definida. Lo normal por aquí: alergia al valenciano que es cosa de separatistas, necesitamos más agua para la agricultura y para el golf, a Madrid no se le chista, sis mil, dotze mil, dos millons de peles! voy a misa cuando toque, falles, fogueres i "el caloret" y que los pobres paguen los coles concertados y la uni de los hijos de los ricos. Sin embargo, a mí no me caía mal. Supongo que ahora me da mucha lastimica la mala suerte que ha tenido. En otras circunstancias, quizá hubiera tenido una larga y brillante carrera política y hubiera acabado en algún consejo de administración. Pero mientras el esperado tsunami ahogaba a cientos de personas, él estaba echando un polvo o varios. Chiqui chiqui. Bombeando. Al empujismo. Erguido sobre las paticas de detrás, como un honorable perrete chico. Bum bum. Mala suerte. Peor suerte tuvieron los ancianos que murieron en sus propias casas, construidas encima de los marjales, porque nadie les avisó a tiempo de lo que venía. 

Anoche, volví a ver "El reino" (2018) de Sorogoyen. Narra la caída en desgracia de otro político. Pero en su tragedia hay diferencias con la de Mazón. Manuel (Antonio de la Torre) es un vicesecretario autonómico, espabilado y corrupto, que lucha contra el partido que lo ha dejado caer como "manzana podrida". Es el viejo "Agáchate, que vienen los nuestros". Es fácil reconocer en él a toda una generación de políticos del mismo partido que Mazón. Es el mismo escenario. Manuel y su hija se bañan en invierno en la Malvarrosa. Hay recalificaciones, ostentosos edificios públicos con cristaleras, maletines con cash, coches con chófer y trajes italianos a medida. Los compinches del partido comen platos maravillosos en restaurantes que miran al mar antiguo y bello. Paga el erario. Es el reino. De hecho, en el sur de Aragón, siempre se ha conocido al País Valenciano, precisamente, así, como "El reino". No sé si Sorogoyen sabía esto.

Cuando llegan las desgracias, nos damos cuenta de que el perfil de nuestros dirigentes políticos más que mediocre es macabro. Por incompetentes, más que por corruptos. Recuerden a esa consellera de mirada vacuna, que ya ha dimitido y que era la que nos tenía que proteger y que no sabía nada de emergencias. Todos ellos son licenciados en derecho, esa carrera universitaria que dejó de tener sentido hace un siglo, con la alfabetización universal. Todos ellos han estado amorrados al pesebre, al sueldo público, en las juventudes del partido, en alguna dirección general, en el bando ganador de las guerras internas, sin discutir, sin ideas propias. Nunca leyeron a Marx ni a Hayek. En realidad, esos coaches no son necesarios para acabar en el Senado o de agregado en Florida. Pero lo más terrible es que Mazón, Manuel el de la película y los fontaneros que mandan de Madrid para cortarles las cabezas, la consellera cortica, Ábalos, Pedro Sánchez y Núñez Feijóo son lo único que tenemos. Estos comegambas, rutinarios, lentos de mente, egoístas, comunes, previsibles, son la última barrera que nos protege de la barbarie parda que está en la puerta. Son la última trinchera ante esos bárbaros sedientos de sangre, que llevan meses celebrando el tsunami.


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