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Ismael Serrano en El palau de les Arts.

Fuimos a escuchar a Ismael Serrano. La sala principial del Palau estaba llenita y la gente no era tan viejuna como yo me esperaba. Más bien, niñas de entre 30 y 40, acompañadas de novios correctos, modernos y votantes de izquierdas, vaya usted a saber qué será eso.

Ismael Serrano fue capaz de quitarse de encima la caspa de dos generaciones de cantautores y barbudos y se ha ido reinventando a sí mismo muchas veces. Se van a América Latina y vuelven más ricos y más sabios. Ha escrito mucho y por ello, tiene de todo: canciones hermosas como montañas y canciones ripiosas y limitaditas. Pero siempre se ha respetado a sí mismo y el público se lo reconoce. "Hoy es siempre" se llamaba la cosa.

Yo desconfiaba; pero el concierto me gustó. Y eso que le hacen ponerse ropa demasiado ceñida y le han montado un espectáculo un poco desordenado en el que los diálogos y la reflexión sobre la propia obra no pega con el orden de las canciones. Que fusile a su dramaturgo con rosas y claveles. Encima tenían algún problema con el control del sonido y el muchachote no podía sacarle todo el partido a su vozarrón de animal en celo. Todo el rato rascándose la cintura para regular los mandos. 

Aunque había más melancolía y más caldo que política, yo no podía dejar de pensar en las grandes contradicciones a las que nos enfrentamos los que oímos a gente como el bueno de Ismael. Y no vemos soluciones. Pero oir "La llamada" (con mal sonido) me devolvió un poco de esperanza. Aunque sé que la revolución pendiente la harán los que no pueden pagarse la entrada para oir esa canción en el Palau de les Arts "Reina Sofía".

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