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Casas y tumbas (Bernardo Atxaga)

Siempre leo con placer a Atxaga. Sus libros me resultan fáciles, amables, cercanos. Supongo que detrás de esa sencillez aparente hay mucho oficio. Imagino que, para mí, como para otros lectores de sus versiones en castellano, Atxaga era una manera cómoda de acercarnos a ese mundo, a la vez amenazante y atractivo, de los caseríos y los bosques del norte. La literatura, esa mentira tan hermosa y, que sin embargo, es lo que más verdad tiene, como dice el guipuzcoano en su blog. 

Ya reseñé aquí algunos de sus libros más locales, donde la pesada presencia del terrorismo y la violencia política era inevitable. Sospecho que escapar de lo inmediato, quitarse esas etiquetas, ha sido uno de los grandes esfuerzos que el autor ha tenido que hacer a lo largo de su carrera.O quizá me equivoque, no importa. Atxaga ha escrito mucha literatura infantil y algo de poesía. Incluso se atrevió a describir el corazón de las tinieblas. Todavía tengo en la memoria aquella historia, que me dejó cierto regusto amargo, cierto deslumbramiento ante lo que la buena literatura es capaz de bautizar, de invocar, por horrible que sea.

En mi cumpleaños, mis compañeros de trabajo me regalaron su última novela: "Casas y tumbas" ("Etxeak eta hilobiak", 2019). ¡Afortunado aquel cuyos amigos conocen sus gustos y sus vicios! La he disfrutado en este febrero de confinamientos y tormentas de polvo. La novela cuenta escenas y momentos de la vida de varios habitantes de Ugarte, pueblo que es un lugar concreto; pero que también funciona literariamente como trasunto de todos los pueblos vascos. La escenas transcurren en 5 momentos distintos del tiempo  (1970, 1972, 1985-86, 2012 y 2017). Es decir, los protagonistas pertenecen a dos generaciones: la que se hizo adulta bajo el franquismo y la de sus hijos, que nacieron en los últimos años de la dictadura. El país se transformaba. Los pueblos como Ugarte se industrializaban y recibían emigrantes de Castilla, como el pastor Eliseo, al que su compañero de mili se lleva a Ugarte, a trabajar en la panadería. Los conflictos políticos y laborales de los 80 también llegan a la mina del pueblo. En los últimos periodos, vemos a los que eran niños en las escenas iniciales, que a su vez se han hecho adultos, y que ya son padres divorciados, ciudadanos de un mundo contemporáneo, hombres cansados de ver y de vivir de la casa a la tumba.

El capítulo central de la novela es el de la mili. "Cuatro amigos", reclutas casi imberbes destinados a Madrid. Atxaga mete en ese capítulo sus propios recuerdos del servicio militar. Para los de mi generación, es difícil imaginar el impacto que tenía para los más viejos aquella experiencia. Era la salida de casa, la entrada en la edad adulta, el tiempo robado, el sinsentido; pero también, para muchos: las amistades, la alfabetización y el aprendizaje de un oficio. Para otros, la llegada de la conciencia política o social.   

"Los cazadores que frecuentaban el bosque de El Pardo solían llevar podencos y mastines, un montón de ellos, cuarenta o más por montería, y también el príncipe tenía perros de ese tipo, aunque más finos, de una raza especial cien por cien española, unos perros grandes blanquísimos (...). Eliseo hizo un gesto de desprecio. A él no le gustaban ni aquellos perros ni, menos aún, aquel tipo de caza. No era decente azuzar a cuarenta perros contra un solo jabalí. Eso era como derribar un león a kilómetros de distancia con un fusil dotado de visor telescópico. Solo la gente cobarde practicaba ese tipo de caza."

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