Gapito Carreras, caprichito de las nenas
Aquí encontramos
ya uno de los grandes logros del autor, la consistencia de su protagonista, la
verosimilitud de su personalidad. Borrachín, renco de una pierna, que vive un
poco a salto de mata entre una casa destartalada, la cantina de una estación de
ferrocarril y la sala de autopsias del cementerio, que cumple diariamente con
los humildes oficios del título, imprescindibles, sí, pero escasamente
apreciados socialmente. Sin embargo, a la vez Gapito es también un hombre dotado de una notable agudeza y, sobre
todo, de un gran corazón que no soporta la injusticia. Si ustedes quieren, el
antihéroe característico de tantas novelas del género.

Y junto a Gapito, su fiel escudero en las
pesquisas policiales, encarnado en este caso en el cabo Antero, de la Guardia
Civil de Calamocha. Por cierto, en una de las pocas licencias literarias que se
toma el autor, sitúa el cuartel de este instituto armado en su actual
emplazamiento, cuando en la época se hallaba justo en la otra punta de la
localidad, donde hoy está el Instituto. El cabo, siempre con el tricornio de
ordenanza, es un poco el contrapunto de Gapito.
Si en éste domina la intuición y la genialidad, Antero destaca por la
prudencia, por su caminar despacio y seguro en las investigaciones, en cierto
modo como era el estilo de esta benemérita institución. No acertamos a situar
en ninguna persona concreta la personalidad de este cabo.
Descritos ya los
principales actores de la novela, nos queda el tercero de los grandes protagonistas:
la propia villa de Calamocha. En efecto, la localidad en su conjunto constituye
el paisaje de fondo de toda la trama argumental. Sin duda, otro de los grandes
logros de la novela lo constituye la magnífica descripción de la Calamocha que
emerge de la guerra civil. Sus dos estaciones de ferrocarril, sus calles sin
pavimentar, las escuelas municipales con los cuatro maestros de nuestra
infancia (don Jesús, don Leandro, don Francisco y don Miguel), mosén Amado el
párroco, sus comercios donde encontramos conocidos apellidos como Tabuenca o El
Chato, la central de teléfonos con operadoras, las nuevas maestras y, en
especial, todo ese ambiente de frío, de nieve y de barro tan característico
siempre de nuestros inviernos. Sin embargo, donde el autor alcanza mayor
virtuosismo descriptivo es al mostrarnos el Casino. Se nota que debió pasar
bastantes ratos en el mismo, al menos a juzgar por la perfección con que nos enseña
sus dependencias y el ambiente general de humo que allí se respiraba, como
lugar de juego, de esparcimiento … y de aburrimiento para la clase más selecta
de la villa. Nunca se les ocurriría franquear las puertas de acceso, ni a Gapito ni al cabo Antero. Normas
sociales que se cumplían escrupulosamente en la época.
José María de Jaime Lorén
Centro de
Estudios del Jiloca
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