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2666. Roberto Bolaño.


La primera edición de la obra póstuma de Bolaño me había esperado durante varios meses en las estanterías de casa. Empecé su lectura a mediados de julio y la fui acelerando con el principio de las vacaciones. Las últimas noches he estado atrapado en este edificio enorme y prodigioso, en este laberinto hecho de palabras y referencias cruzadas, en este cementerio lleno de fantasmas, de sombras y de luces, de muerte y de dolor, que aspira a reflejarlo todo, a explicarlo todo, a ser el todo...
2666 está compuesto por 5 novelas que podrían ser leídas en cualquier orden y que quizá convendría leer por separado, dejando pasar tiempo entre una y otra, para no quedar tan asombrado y confuso como yo he quedado. El autor planeó que se publicaran de esa manera, pero sus albaceas literarios juzgaron más conveniente (y quizá más comercial) que se publicaran en un solo tomo, como capítulos de una sola y monumental novela. Esta novela es, sin duda, la obra cumbre de Bolaño, a la que dedicó los últimos años de su vida y en la que aplicó una depuración última y definitiva de su estilo magistral e inconfundible.
Cada una de las novelas-capítulos es muy diferente a las demás; pero hay un punto de fuga común: el desierto fronterizo entre México y los Estados Unidos. Un personaje hace referencia a otro, que ha leído a un tercero que tiene relación con un cuarto que desea o vive o cuenta algo relacionado con el primero. Unas veces, leemos las conversaciones, otras, los pensamientos y en otros casos, enumeraciones o comentarios, o descripciones o detalles intrascendentes, como los que se recuerdan de los sueños. Y las historias se van entrelazando, como ondas que chocan en la superficie de un laguna oscura.
En la primera parte de la novela, unos profesores europeos llegan a Santa Teresa, en el norte de México. Del mismo modo que en "Los detectives salvajes", hacen una búsqueda borgiana de un autor de culto, un improbable e indefinido Benno Von Archimboldi. Con ellos colabora el profesor chileno-mexicano Amalfitano, descrito en la segunda parte. Bolaño retrata así el mundo literario, a través de literatura sobre la literatura y se retrata a sí mismo y a todos los escritores, y a todos los exiliados y viajeros, y a todos los lectores. Estas primeras partes me parecieron menos brillantes, más previsibles y aburridas, quizá por su parecido con "Los detectives ..."
El tercer y cuarto capítulo son la parte "mexicana" de la obra y creo que muchas de sus páginas son lo mejor que se ha escrito en las últimas décadas en español. En esas páginas asistimos a la aparición en Santa Teresa de numerosos cadáveres de mujeres violadas y asesinadas (trabajadoras de las maquilas, putas, niñas). Un cadáver y otro y otro y otro. A través de esa enumeración cruel y laboriosa, hacemos un viaje alucinante y alucinado al desierto, a los moteles, a las autopistas, a los puestos aduaneros, a las cárceles, a los basureros gigantescos en donde viven niños y ancianos que rebuscan en la basura. A veces, durante la noche insomne y asombrada en la que leí "La parte de los crímenes", pensé que sólo un loco podía escribir y describir así el horror y la derrota. Sólo un loco o un genio podía contar ese viaje a todos los lugares, a todos los tiempos, a la gloria y a la humillación, a las sombras difusas del mal y del bien, un viaje pesimista y terrible al alma humana.
La quinta parte regresa a la Europa del nazismo, de la segunda guerra mundial, del holocausto, de los bombardeos, de la destrucción y la reconstrucción. Este capítulo, no sé por qué, me recordó un poco a "Sepharad" de Muñoz Molina; pero Bolaño es más denso y más rico y a la vez, más descarnado y más certero. En esta quinta parte, se cierran los círculos iniciados en las partes anteriores y descubrimos las muñecas últimas en esa serie de matruskas, o a los espejos que reflejan apagadas pantallas de televisión u otros espejos donde se miran los personajes, donde nos miramos los seres humanos, sin reconocernos nunca, sin vernos nunca.

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