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Asesinato por decreto.


Las viejas películas de suspense, basadas en los detectives clásicos (Sherlock Holmes, Hércules Poirot) son como los juguetes de la infancia. Las recordamos con cariño. Les perdonamos que no tengan sofisticados mecanismos electrónicos. No importa que incluso estén un poquito estropeadas, un poquito ajadas. Nos divirtieron en el pasado y nos llenan de cierta felicidad tranquila y fácil en las largas noches de verano.
Vi en DVD "Asesinato por decreto", de Bob Clark. La película transcurre en un Londres teatral, de callejones oscuros y nieblas fantasmales. En el interior de una casa de Baker Street, un fuego familiar y hermoso calienta el gabinete. Suena un violín. Sherlock (Christopher Plummer) y su novio Watson (John Mason) se enfrentan a Jack el destripador. Cuentan con la ayuda de un inquietante Donald Sutherland. Aunque coincidieron en el tiempo (Sherlock nació en 1887) y los célebres (y reales) crímenes de Jack tuvieron lugar en Whitechapel en 1888, me parece improbable que Conan Doyle escribiera un argumento así.¡Pobres prostitutas degolladas y destripadas!
Una de las cosas interesantes de esta pequeña obrita es que muestra el ambiente contrario a la monarquía entre las clases bajas de Londres a finales del XIX. La incapacidad de la policía para detener los crímenes hizo que corriera el rumor que alguien perteneciente a la familia real estaba involucrado en los horribles asesinatos de mujeres de la calle. El misógino Holmes vive ese conflicto entre la necesidad de justicia (esa justicia que para él es un mero entretenimiento intelectual) y la necesidad de estabilidad social (que para alguien de su clase, necesariamente pasa por la defensa de los reyes).

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