Ir al contenido principal

Perdición (Double indeminity)


Recuerdo perfectamente cuando vi en el cine esta peli. Me llevaron dos amigos que ya tenían en las pupilas mucho más cine que yo. Recuerdo con afecto el respeto que me infundían sus opiniones, a pesar de que por aquel entonces yo era un adolescente más idiota y soberbio de lo normal. Recuerdo la extraña sensación de ver una peli clásica, en versión original y de descubrir en ella una sutileza mágica que superaba con mucho el ruido cansino y monótono de la tele. El cine, con ese poder que había hipnotizado a los viejos, nos hipnotizaba ahora a nosotros, la primera generación sobrealimentada y teleadicta, la quinta del VHS. Aunque cada mes cerraran una sala en la ciudad.

Por ello le tengo cariño a "Perdición", a pesar de que hay quien opina que no es una de las grandes ni del cine negro ni de Wilder. De vez en cuando la veo y disfruto de las muchas cosas buenas que tiene. Me gusta especialmente el odioso personaje del detective, interpretado por Edward G. Robinson, uno de los iconos del género. Como una cruel araña, como un Sancho Panza con puro, caza a la pareja criminal que pretendía estafar a la compañía de seguros. Ese hombrecillo que lleva dentro y que le lleva a sospechar siempre, incansablemente. Robinson es la razón, la triste razón frente a la pasión estúpida de la pareja de asesinos, absorbidos por su deseo y por su avaricia. Tan ciegos, tan malvados y autodestructivos que de alguna manera, rozan la pureza.

También me gusta mucho la manera en que McMurray, quizá demasiado grandullón para ser un buen perdedor, desarrolla una profecía autocumplida. Creo que aquí se nota la mano de Chandler. Desde que se encuentra con la Stanwyck, sabe que su vida anodina se torcerá y que acabará en la “cámara de gas”. Y hace todo lo posible para lograrlo, triste, oscura, gloriosamente.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Aos Navegantes

Siempre me emociona releer el soneto de Borges dedicado a sus antepasados portugueses:  (...) Son Portugal, son la famosa gente que forzó las murallas del oriente y se dio al mar y al otro mar de arena. Son el rey que en el místico desierto se perdió y el que jura que no ha muerto. Me gusta soñarme siendo el ciego de Buenos Aires. Saltando de una lectura a otra, pobre diletante, me imagino a mí mismo como al enorme autor de El Aleph. El gran argentino estudiaba islandés para entender las sagas nórdicas. Yo, más limitado, estudio euskera para entender a Benito Lertxundi. Mala cosa compararse con un gigante. Uno siente que su vida no ha producido nada útil, que se ha escapado de entre las manos como la arena de los desiertos y los relojes de Borges. En la infancia, pasé muchas horas mirando las páginas de los veinte tomos de la Larousse que mis padres habían comprado con esfuerzo y paciencia. De una entrada a otra, sin prisa. Perdiendo el tiempo, perdiendo vista, gozando, perplejo an...

Lo pequeño es hermoso: el circo Fele.

Tradicionalmente, los circos han buscado la ciudad de Valencia durante lo crudo del invierno, huyendo del frío del interior. Así que uno de los muchos privilegios de vivir en esta ciudad al lado del Mediterráneo es que siempre hay una oferta abundante de espectáculos circenses en navidad y año nuevo. Es difícil entender lo que significaba el circo para los espectadores de otras épocas. Para nosotros, educados en el espectáculo televisivo, todopoderoso y avasallador, toda heroicidad en el alambre es poca, todo malabarismo es pobre, todos los payasos son pueriles. Supongo que sólo los más pequeños son capaces de captar por un instante la magia heróica y sublime del directo, la imperfección maravillosa del que fuera el mayor espectáculo del mundo, porque no comparan, porque no clasifican, porque viven plenamente ese instante. El Fele , nuestro circo preferido, es uno de los que ofrecen sesiones durante estos días. El domingo asistimos a la última de la temporada. El Fele es un circo peque...

Templario (John English). 2011

Para celebrar Santiago Matamoros, ayer fui a ver este estreno, basado, al parecer, en la historia de Inglaterra. Es una peli plana, con muchas cabezas rotas a espadazos, salpicaduras de sangre y de mierda, atrezzo excelente, cero pretensiones y nula importancia. Como entretenimiento facilón, no está mal. La peli cuenta alguna de las batallitas entre Juan I y sus señores feudales. Para que lo entendamos mejor, el rey es malo (es el mismo contra el que luchaba Robin Hood) y los otros, buenos. A mí me vino a la mente que, a pesar de todo y después de Tucídides, Milton, Rousseau, Hobbes, Marat, Figueras y Habbermas, España sigue siendo una monarquía. Mala suerte. Y yo soy un súbdito que va al cine. El protagonista es un templario, que no dice nada, que liquida enemigos a montones y que se hace el estrecho cuando la señorita del castillo se lo quiere follar. El tema de los monjes guerreros está bastante agotado (lo acabó de gastar George Lucas con los jedi). Las novelas y la tele los pintan...